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Cuanto más pobres, más amenazados

La OMS cree que entre 2030 y 2050 el cambio climático causará 250.000 muertes cada año

(Tomado de El País por Javier Rico) Causa decenas de miles de muertes cada año, por razones que van desde los cambios de patrones de las enfermedades, hasta los fenómenos meteorológicos extremos, como las olas de calor y las inundaciones, así como la degradación de la calidad del aire, del saneamiento y de los abastecimientos de agua y alimentos”. Así lo expresó la Organización Mundial de la Salud (OMS) pocos días antes de la inauguración en París de la trascendental 21ª conferencia de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y añadía la siguiente previsión: “durante el periodo 2030-2050, el cambio climático causará 250.000 muertes adicionales cada año por dolencias asociadas a sus efectos ambientales”.

Para rematar el vaticinio, la OMS apuntó que los niños y las mujeres de los países más pobres serán los más afectados. Ya lo son, en presente. Lo constata José Graziano da Silva, director general de otro organismo de la ONU, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO): “el calentamiento global impacta en la seguridad alimentaria y la agricultura de todos los países, especialmente en las zonas áridas y en los pequeños Estados insulares en desarrollo donde viven muchos de los pobres y hambrientos del mundo”.

ethro Greene, coordinador jefe de la Red de Agricultores del Caribe, explicaba recientemente a la agencia Inter Press Service, que el cambio climático plantea todo tipo de desafíos en su región: “hay sequías que no esperamos, lluvias que no esperamos, inundaciones que no esperamos. No se puede distinguir entre la estación de lluvias y la seca”.

Hilal Elver, relatora especial de Naciones Unidas sobre el Derecho a la Alimentación, señala que “podría añadir 600 millones de personas a las filas de los desnutridos para 2080”. Hasta el Banco Mundial, situado en la diana de muchas ONG de ayuda al desarrollo por sus inversiones contrarias a la equidad social y ambiental, acaba de publicar un informe (Grandes cataclismos: Cómo abordar los efectos del cambio climático en la pobreza) en el que pronostica que si no se adoptan medidas radicales y rápidas en la lucha contra este fenómeno, se contabilizarían más de cien millones de personas adicionales en la pobreza ya en 2030.

Nada como el libro Cambio climático y sistemas alimentarios, publicado en junio de este año por la FAO, para corroborar todo lo expuesto y destacar los riesgos de que se agrave la prevalencia del hambre oculta (falta crónica de vitaminas y minerales) y la obesidad. “Una mayor concentración de dióxido de carbono disminuye la cantidad de zinc, hierro y proteínas y aumenta el contenido de almidón y azúcar en algunos de los principales cultivos alimentarios del mundo, como el trigo y el arroz”, sostiene. El libro no pasa por alto que algunas regiones se verán beneficiadas en la producción y exportación de alimentos por los cambios en los patrones climáticos, pero recuerda que seguirán siendo las zonas tropicales y meridionales y las comunidades más pobres las que soportarán las peores consecuencias.

Olas de refugiados

Por si esto fuera poco, el cambio climático amenaza con intensificar los flujos migratorios de personas que huyen de condiciones extremas para su supervivencia. En 2012, Francesco Femia y Caitlin Werrell, investigadores del Center for Climate and Security de Washington (Estados Unidos), publicaron un estudio en el que señalaban que la avalancha de refugiados que comenzaba a llegar desde Siria tenía algo más que componentes políticos de oposición al régimen de Bachar el Asad y de huida del terrorismo del Estado Islámico.

El trabajo de Femia y Werrell exponía que “en los últimos años se ha producido una serie de cambios sociales, económicos, ambientales y climáticos significativos en Siria (…) y si la comunidad internacional y los futuros responsables políticos en Siria quieren abordar y resolver las causas de los disturbios tienen que asumir compromisos en este campo”. Recordaban que entre 2006-2011 el 60% de las tierras de Siria experimentó la peor sequía continuada conocida en milenios y que en 2009 más de 800.000 sirios habían perdido por ello su sustento de vida, fijado en la agricultura.

Los diversos informes del Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) de la ONU confirman que desde 1950 las olas de calor han aumentado y hay más regiones afectadas por sequías debido a que las lluvias han disminuido relativamente mientras que la evaporación ha aumentado debido a condiciones más cálidas. Eurasia meridional, donde se enclavan Estados como Siria, además de África septentrional, Canadá y Alaska aparecen como las regiones más castigadas.

El drama de la migración siria ha devuelto a la actualidad una controversia que no acaba de despejarse: ¿se puede aceptar la figura de refugiado climático (o en su más amplia acepción, ambiental) y por lo tanto cuantificar su número y otorgarles derechos de asilo? La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de la ONU no les reconoce como tales.

La última edición del informe La situación del mundo, del WorldWatch Institute, dedica un capítulo a esta cuestión y su autor, François Gemenne, especialista en geopolítica ambiental, lo tiene claro: “los desastres meteorológicos desplazaron a unos 140 millones de personas, un promedio de 23 millones al año, entre 2008 y 2013”.

La Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) expone datos de 2012 para afirmar que más de 30 millones de personas se vieron obligadas a desplazarse ese año como consecuencia de desastres naturales, tendencia que “podría intensificarse en la medida que los efectos del cambio climático se profundicen”. Aventuran también que el número de personas que tendrán que desplazarse en 2050 por esta causa y la degradación del medio ambiente en general fluctúan entre 25 millones y mil millones.

 

“Hay sequías que no esperamos, inundaciones que no esperamos”, describe un agricultor del Caribe

En España, la Fundación Ecología y Desarrollo, Ecodes, ha emprendido una activa campaña (El cambio climático nos hace más pobres. Es tiempo de actuar) para llamar la atención de la ciudadanía, las organizaciones de la sociedad civil, las empresas y las administraciones públicas sobre la “inequívoca vinculación entre el calentamiento del planeta y el empobrecimiento progresivo de sus habitantes, una cuestión que requiere la movilización de todos”. Eso sí, poniendo sobre la mesa la urgencia en la actuación y las políticas y medidas a aplicar.

 

Algunas medidas ya están en marcha. Ecodes recuerda la amplitud y variedad de las mismas y exige su implantación generalizada: “fomentar las energías renovables y la eficiencia energética; asegurar el acceso a los recursos básicos mediante la inversión y la innovación; plantear enfoques integrales y hacer inversiones a largo plazo; rehabilitar infraestructuras; empoderar y mejorar la capacidad de los agricultores; mejorar el almacenamiento, captura y reutilización de aguas; garantizar el acceso a los servicios básicos; aplicar técnicas de gestión de riesgos de desastre, e introducir sistemas de alerta temprana de olas de calor e inundaciones y preparar a la población y al personal sanitario ante las mismas”.

Alimentos locales

El libro de la FAO señala como una de las soluciones abordar estrategias de adaptación internas que permitan a países y regiones evitar la fuerte dependencia de las importaciones, que tienden a aumentar la vulnerabilidad ante la volatilidad de los precios. Hilal Elver también estima necesario “un cambio de una agricultura industrial a sistemas transformativos como la agroecología, que apoyen al movimiento alimentario local, protejan a los pequeños agricultores y respeten los derechos humanos, la democracia alimentaria y las tradiciones culturales”.

Elver recuerda que “los que menos han contribuido al calentamiento global son los que más sufrirán sus efectos, y las políticas de mitigación y adaptación deben respetar el derecho de la alimentación y otras garantías básicas”. Sin embargo, parece que los máximos responsables de esta situación, los países más desarrollados, no se acaban de aplicar el cuento, según la revisión que ha hecho la Alianza Panafricana por la Justicia Climática (APJC) de las contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional que presentarán en París los Estados y resto de miembros que forman parte del Convenio sobre Cambio Climático.

“Débiles, inadecuadas y poco ambiciosas” es el calificativo que merecen para la APJC los compromisos que se aportan desde Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea. Isabel Kreisler, experta en políticas de cambio climático de Oxfam, estima que “con la aplicación de estas contribuciones se puede rebajar un grado el pronóstico de subida de 4 ºC para 2050, pero en ningún caso se conseguirían los 2 ºC que se exigen”.

Oxfam también ha chequeado esos informes y Kreisler concluye que “son precisamente los países con menos responsabilidades los que más se acercan a la cuota que les corresponde de compromisos, y ocurre al revés con los más desarrollados, que deben asumir, además de la reducción de sus emisiones, la inversión en cooperación internacional para que otros países vayan más allá”. El informe de Oxfam expone cómo políticas llevadas a la práctica en Kenia, Islas Marshall o Indonesia permiten cumplir mejor con el rango de equidad que les corresponde.

17 dE diciembre dEl 2015
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